El Capitán Freyche - El litoral

2023-03-08 14:38:32 By : Mr. John Zhu

“Señoooores, el partido está trabado, el terrible sol de la siesta, lejos de amedrentarlos, enciende las fibras de los jugadores, son verdaderos gladiadores jugando una final de campeonato…Carrizo se la pasa con su habitual elegancia a Matosas, el uruguayo aguanta un trancazo de un rival y sigue y se la pasa a Solari, “El Indio” deja en el camino a un rival con un  dribling y se la cede con un pase de emboquillada a Ermindo Onega, el 10 la duerme en el aire, la pisa y la amasa y con un amague pasa entre dos rivales y juega de memoria, sin mirar, a “Pinino”, mas quien con su habitual velocidad desborda hacia la raya y en plena carrera saca un zurdazo tremendo, con su habitual potencia, el arquero rival vuela hacia el palo y la pelota vuela y vuela y vuela y se va a la tribuna, señores, la pelota se pierde en la tribuna y desde la tribuna no devuelven la pelota…”, así veía yo el partido desde mi puesto de arquero.

-    ¡Boludo, tiraste la pelota a lo de la “vieja de la escopeta”!

-    ¡Y qué querés! ¿No viste cómo me la pasaste?

-    Éste se cree que es el  Muñeco Madurga.

-    Pará, yo soy Luisito Artime, le pego igual que él.

-    El que la tira tiene que ir a buscarla.

-    No. No voy ni en pedo. ¿Y si la “vieja” me pega un escopetazo?

-    Dale, Artime, no seas cagón.

-    ¿Cagón yo? Vos la tiraste la otra vez y no te animaste a ir.

-    Dejen de pelear, voy yo, pero si la traigo, la pelota es mía.

            Hugo nos sorprendió con su decisión, Con Gabriel Cortés nos miramos en silencio, era la pelota que habíamos ganado con la colección de las figuritas, nuestro silencio fue una resignada aceptación. Saltó el muro del Capitán Freyche hacia el sitio baldío lindero y que también llegaba hasta el terreno de la “vieja de la escopeta”, el que quedaba pegado a los fondos del club. Pelota que iba a su terreno era pelota perdida, por eso habían puesto un alambre tejido sobre el techo de la cantina, pero a veces no era suficiente para contener nuestros infantiles pelotazos. “Nanongo” se había atrevido una vez a meterse en el terreno y volvió enseguida con la pelota pinchada con unos tajos. Alcanzó a agarrar la pelota en el preciso instante en que  la “vieja de la escopeta”, vestida con un fantasmal batón blanco, lo miraba con una sonrisa de maldad mientras le apuntaba con la escopeta, sí con la mismísima escopeta que disparaba letales balas de sal, juró nunca más meterse a su terreno.

Nos asomamos al muro del club y vimos cómo Hugo separaba con paciencia el alambre tejido del terreno de la “vieja”. Eso era lo primero, después había que deslizarse con sumo cuidado para no pincharse con las tunas y por último arrastrarse como un silencioso yacaré hacia donde estuviera la pelota. Nos sentamos en la tribuna a esperarlo, bajo un tremendo sol.

El predio del club estaba al lado de mi casa y por lo tanto era como la extensión de mi patio familiar. Llevaba el nombre del capitán de Fragata Arturo Freyche, miembro de una conocida familia de la ciudad, y pertenecía a la Prefectura Naval Argentina, cuyos fondos de su sede daban a la calle Coronel López, casi enfrente del club. Nunca supimos que hubiera una comisión que dirigiera los destinos de la entidad ni nunca tuvimos que hacernos socios para usar sus instalaciones. Por lo general, su portón permanecía cerrado, sólo teníamos que saltar el muro, ante la cómplice mirada del marinero que vigilaba desde la garita de la sede de la Prefectura.

La cancha era apropiada para el fútbol de salón, tenía un piso de gastadas y ásperas baldosas y se jugaba con cinco jugadores por lado, con una pequeña pelota de cuero rellenada con pasto, la que tenía un peso considerable para los arqueros, más aún cuando llovía.

También se podía jugar al básquet, pero su práctica era muy escasa, y también había una cancha de bochas, deporte que tenía una cantidad regular de asistentes que solían organizar campeonatos nocturnos. Yo no entendía el atractivo de un deporte tan pasivo, pero me gustaba ver los certeros bochazos y escuchar los gemidos de las bochas que retumbaban en toda la manzana.

El capitán Freyche era “mi” cancha de fútbol. Era “mía” porque también la habían hecho “suya” mis amigos del barrio: Gabriel Cortés, Gabriel Sanabria, Marcelo Torres,  Tiki  Torres, Luis Martinelli, Alfredo y Daniel Sorribes, Osvaldo Bracco, Hugo y Julio Fernández, Ángel Quintela, el “Gordo” Sartor, “Nanongo” Jalife, Alcides y “Quivo” Manfroni y Juan Miguel González Barrios. A ellos se sumaban, a veces, niños de lo que se llamabael  Bajo ,el barrio humilde de la bajada hacia el río por calle Coronel López, como  Pitoco,Guaio y Horacio Gómez, el hijo de Concepción, la empleada doméstica de mi casa. También a veces se agregaban compañeros de la escuela que vivían más alejados, como Miguel Zanucolli, Juan Dal Lago, Manuel Montenegro, Jorge Depacce, Enrique Vargas, u otros un poco más grandes, como Pablo Martinelli y Guillermo Dutack.

El club era nuestro templo sagrado, un templo sin dioses porque allí se podía ser uno de ellos, en mi caso Amadeo Carrizo, Gustavo Matosas, Daniel Onega, Ermindo Onega y Oscar  Pinino Más. Para los otros, y odiados por mí: Antonio Roma,El  rata Rattín, el  Muñeco  Madurga y Rojitas; o el  Chivo Pavoni, Luis Artime, Agustín Cejas, el  Chango Cárdenas, Roberto Perfumo, Buticce y Sanfilippo. Por momentos estábamos en el  Monumental de Núñez, en la  Bombonera , en el  Gasómetro de la avenida La Plata, en el  Cilindro de Avellaneda, en la cancha de los Diablos rojos de Avellaneda. O más allá, en el  Centenario de Montevideo haciéndole un gol a Mazurkiewicz, o en el  Maracaná , ganándole un partido al mismísimo Pelé o a Garrincha, luciendo la camiseta de la selección nacional.

Mi ídolo máximo era Amadeo Carrizo, recortaba de los diarios sus grandes atajadas, “palomitas” de palo a palo, las que trataba de remedar. Me imaginaba sus duros entrenamientos, entonces yo, para llegar a ser como él, jugaba al arco y en los descansos del equipo de fútbol de salón del capitán Freyche, pedía que me pelotearan, tenía que acostumbrarme al rigor de atajar en River. No se confundan, no quería parecerme a Carrizo, yo queríaserAmadeo Carrizo.

Mi carrera futbolística había comenzado bien, era el arquero de Río Uruguay, un equipo que dirigía “Cuqui” Farinoli, y también del seleccionado de la escuela Normal. Mi ídolo local era el “Pato” Altamirano, vecino  del Bajo , primo de Horacio Gómez, y arquero del Capitán Freyche, tanto del equipo de fútbol de salón como del equipo que jugaba en la liga libreña, con grandes dotes de atajador y un prometedor futuro en Buenos Aires. Un día se subió al tren  General Urquiza para cumplir sus sueños de jugar en primera, pero al llegar a la estación Federico Lacroze se cayó –o lo empujaron, nunca se supo con precisión– a las vías y fue atropellado por otra formación férrea. Yo no entendía por qué Dios había truncado sus sueños. Recuerdo la cara de dura tristeza de su abuela, tan inmóvil como uno de los postes de su rancho de adobe, en una espera, o en una despedida sin fin, vaya uno a saber, día tras día hasta que su vida se marchitó silenciosamente.

-    Che, ¿qué pasa que Hugo no vuelve?

-    ¿Y si vamos a ver?

-    Esperemos un poco más, vayamos a la sombra de la cancha de bochas.

En el capitán Freyche pasamos los mejores momentos de nuestra infancia corriendo detrás de una pelota a cualquier hora y bajo el tiempo que sea, hiciera calor, frío o lluviera. Si no teníamos una pelota, improvisábamos una con papel protegido por una bolsa de plástico. En una cancha de fútbol se aguantaban los dolores, se resolvían rivalidades o se gestaban otras. Fue así que un día hubo que defender el honor de la cancha, una defensa del territorio que debíamos hacer los perros guardianes de nuestra canchita. Fue Gabriel Sanabria quien se encargó de la pesada tarea. Puso las cosas en su lugar en un mano a mano con el  negro Piñeyro, un niño humilde de otro barrio, que cada tanto gustaba de provocarnos robándonos la pelota, y como era un poco mayor y bastante fornido, le teníamos miedo.

                   En el club  valía lo que se estaba dispuesto a dar por una pelota ya sea con  espores , las clásicas zapatillas  Flecha , o con los incómodos pero hermosos botines  Sacachispas o con simples alpargatas.Y si no había para una cosa o la otra, se jugaba en patas. Allí se iba al cielo al hacer un gol, aunque sea con la rodilla, o directamente al infierno en la jugada siguiente, al malograr un gol cantado. Pero lo más importante era que, momentáneamente, nos  olvidábamos de las obligaciones y los conflictos de la vida, con sus tristezas y carencias. En el capitán Freyche, aprendí que yo era un niño privilegiado socialmente. El disparador fue una frase que me dijo “Guaio”, con tristeza pero sin rencor alguno, que no olvidé: vos sos un niño rico.  Mi vida no sólo era el mérito que obtenía en la escuela - carrera en la que partía varios escalones más arriba que otros compañeros de fútbol-, sino que había una lucha individual y grupal que la trascendía, donde el cuerpo y la personalidad eran los receptores y transmisores de tensiones físicas y sociales que nos excedían, era como jugar con una baraja marcada en el camino de uno y de otro.

El plato fuerte de los partidos de fútbol de salón en el Capitán Freyche eran los enfrentamientos contra los equipos de Uruguayana, sobre todo contra los  Fusileiros Naváis .Eran mucho más que un enfrentamiento futbolístico entre las fuerzas armadas de Argentina y de Brasil: estaba en juego el prestigio de todo el fútbol argentino. Los partidos eran durísimos, los brasileros tenían más técnica, pero los nuestros ponían la pierna con garra y emparejaban el juego. Se jugaba de noche, a matar o morir, con camisetas, reloj y un referí local. Lo mejor eran las definiciones por penales, en donde se lucía el “Pato” Altamirano. ¡No recuerdo que el Capitán Freyche haya perdido ni un solo partido por penales!

Como era obvio, me hice hincha del equipo del Capitán Freyche que jugaba en la liga local y presencié en el estadio Municipal  Agustín Faraldo cómo le ganamos al mismísimo Banfield, con el legendario Minoian en el arco visitante, y luego a Chacarita Juniors de Buenos Aires.

Mi pasión futbolera se expandía por fuera del club. Leía las reseñas de los diarios nacionales y los martes eran los días que llegaban desde Buenos Aires, en la empresa de colectivos  Expreso Azul , las revistas  El gráficoyGoles , al kiosco de “Manolo” Garrido. Yo las esperaba con gran ansiedad, papá tenía cuenta corriente, las retiraba y las iba hojeando por la calle. Mi preferida era  El gráfico. La leía una y otra vez para aprender los nombres y analizar las jugadas.

Los jueves llegaban las historietas. La  D´Artagnan , de la famosa editorial  Columba , tenía la sección  Ídolos del fútbol , un breve relato gráfico en donde se recreaba, en cada número, la vida de un futbolista recién consagrado. La estructura de la historia era la misma siempre: un joven humilde que gracias a su habilidad y tesón y también al sacrificio de sus padres alcanzaba la meta de jugar y brillar en un equipo de primera.  Mi sueño de ver allí la historia de “Pato” Altamirano se había hecho añicos.

Al fondo del club había una cantina, que la mayor parte del año permanecía cerrada, pero eso sí, estuviera quien estuviera a cargo de la cantina, nunca dejaban de poner dos canciones en el alto parlante que daba al patio de mi casa:  Río Mamoré , por el Cuarteto Imperial, y  Qué me van a hablar de amor , por el gran Julio Sosa.

Como todo club social, en el Capitán Freyche se realizaban  fiestas de carnaval que duraban hasta el amanecer. Como buenos vecinos que éramos los Polo, soportábamos estoicamente el alto volumen de la música sin protestar. Cuando el sonido ya era muy ensordecedor, lo mejor era levantarse y concurrir a la fiesta. Eso hacía mi padre y me llevaba para que lo acompañara. Yo me quedaba en la boletería cortando las entradas y después, cuando me tomaba el sueño, me iba a la fiesta, que eran muy populares y con orquestas en vivo, y me quedaba dormido recostando mi cabeza en  la mesa al lado de mi padre.

            Mucha gente siente una profunda tristeza los domingos a la tarde. Es una especie de vacío existencial que va en aumento cuanto más se acerca el ocaso. Eso no me sucede a mí y creo que se debe a la costumbre que tenía de escuchar por radio los partidos de River o los de la liga libreña.

Los relatores de fútbol más famosos eran Fioravanti y José María Muñoz, quienes competían por la audiencia radial. Fioravanti era el mejor, tenía una capacidad oral para el relato inmejorable, con palabras ajenas al mundo del fútbol, pero yo estaba seguro de que era boquense. Cantaba con más énfasis los goles de Boca, y a su vez suponía que el  gordo Muñoz, de lenguaje más popular y con  una capacidad de hacer un do de pecho al gritar un gol  de River. Está de más aclarar a quién escuchaba.

En Libres teníamos relatores que seguían los torneos de fútbol de la liga libreña o de la zonal por  LT 12 , como el “Gordo” Percuocco. Mis partidos favoritos eran los de los seleccionados de Libres contra los seleccionados de Curuzú y Mercedes, rivales difíciles de vencer.

El fútbol, deporte nacido como parte de la educación de las elites inglesas que recorrían el mundo - el primer partido que se jugó en la Argentina fue en los terrenos adyacentes a la Iglesia de La Cruz de Corrientes, en un encuentro entre empleados del ferrocarril, uno de ingleses y otro de criollos - se ha convertido en el deporte popular por excelencia a nivel mundial.

Hay diversas teorías y muchas obras que intentan explicar la pasión popular en que se ha transformado el fútbol con sus ídolos, sus leyendas y mitos, en ellas poco importa que se haya transformado en un negocio multimillonario.

En nuestra región encontramos importantes autores que abordaron esta temática, como el dramaturgo Agustín Cuzzani, el psiquiatra de origen francés Enrique Pichón Riviére, quien viviera en su infancia en Goya -con un enfoque desde la psicología social-, los escritores uruguayos Eduardo Galeano y Juan Carlos Onetti, los argentinos, Osvaldo

soriano, Eduardo Sacheri, Pedro Saborido y el  Negro Fontanarrosa, con ensayos y ficciones. (1)

La Argentina cuenta en su haber con tres argentinos entre los cinco mejores futbolistas de la historia: Alfredo Distéfano, Diego Armando Maradona y Lionel Messi, quienes encabezan una larga lista de grandes jugadores nacionales, quienes gracias al fútbol lograron tener un nombre y pudieron salir de la pobreza, llegando algunos a ser millonarios y figuras rutilantes de la sociedad. Otros jugadores son comentaristas deportivos o conductores de programas de televisión. El fútbol ha traspasado los límites del deporte, es una referencia social importante, se ha transformado en un mundo social  que traspone los límites nacionales.

Pese a todo esto, no deja de sorprenderme que un juego que no requiere más que de una pelota y cuatro cascotes que hagan de postes de los arcos, genere tanta atracción, tanta pasión por defender unos colores de un club o de un país. Tal vez en esa simpleza radique su misteriosa capacidad de producir los mejores momentos de la infancia y también de la vida de un adulto.

-    - ¡Ahí viene Hugo!

-    - ¿Por qué tardaste tanto?

-    - ¡Muchachos, qué panzada de mandarinas que me di!

-    - ¿Y la pelota?

-    - ¡Yo no fui por la pelota!

Hugo era muy especial, para él la vida era una diversión constante. Había entrado al terreno de la “vieja de la escopeta” y esperó un buen rato para moverse, temiendo que apareciera la mujer mientras buscaba con su mirada a la pelota. Como no la veía por ningún lado levantó la vista y vio algo que lo perdió totalmente, los árboles de mandarina que rebosaban de grandes y hermosos frutos, oportunidad que no estaba dispuesto a dejar pasar. Sigilosamente fue eligiendo las que estaban al alcance de su mano y cuando estaba a punto de irse, la “vieja” apareció por detrás de él. En una mano tenía la famosa escopeta de sal y en la otra la pelota, tajeada de lado a lado, como una naranja cortada en dos.

-    Te dejo ir si bajás unas mandarinas para mí.

-    ¡Cómo no, señora, cómo no!

-    Trepate a estos árboles que tienen las mejores.

-    Lo que usted diga.

-    Callate y hacé lo que te digo, sino te mando para el otro lado, y no precisamente a la cancha, ¿me entendiste?

-    ¿Cuántas quiere, doña?

-    Yo te voy a decir cuándo tenés que parar. Elegí algunas para vos, pero las comés acá. De la pelota olvidate.

             Nuestra reacción fue darle una buena “manteada”, mientras Hugo se reía a las carcajadas. Así nos contó su expedición a lo de la “vieja de la escopeta”, no sabíamos si era totalmente cierta, pero viniendo de él era posible, y así nos despedimos Gabriel y yo de nuestra amada pelota ganada con las figuritas.

En ese momento se escuchó la voz de mi madre, quien me llamaba desde el patio de mi casa

-    ¡ Gurí , vení!… ¡ Gurí , vení!-, palabras que mis dos loros caseros repitieron a coro, ante la risa de mis amigos.

            Gabriel Sanabria y Gabriel Cortés aún hoy me llaman  gurí . Ahora que lo pienso, creo que todos mis amigos fuimos, y de alguna manera seguimos siendo hasta el último día, los  gurises del Capitán Freyche.

(1) Fontanarrosa, Roberto.  El área 18. 2013.Biblioteca Fontanarrosa . Planeta.

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