La hormiga y el tigre es la primera novela de Pablo Gómez, cuya secuela está a punto de entrar en imprenta. MDZ entregará el libro por capítulos para poder leer y disfrutar. Acá la primera entrega: Pan y queso.
La silueta de los dos hombres se recortaba entre las sierras de los alrededores del pueblo, en la cálida noche del sur de España; la brasa del cigarrillo en la boca de uno de ellos iluminaba con cada pitada las caras de los trabajadores rurales, que conversaban cansinamente mientras despuntaban el vicio. El verano recién estaba comenzando, y la luna sobre el horizonte anunciaba, desde su cuarto menguante, que la luz de la noche no era tan brillante como hacía tan solo una semana atrás. La siega había terminado, el trabajo, como la luna, menguaba para los jornaleros en esta época del año, y la cosa no iba a mejorar al menos hasta el otoño.
–¿La luna, está creciendo o se está achicando? –dijo Juan a Telésforo, mientras fumaba el último pitillo.
–¿Y qué se yo? –contestó Telésforo –me parece que la semana pasada estaba llena, pero la verdad, no me pida que se lo jure…
–No le pido que me lo jure, compañero –retrucó Juan –es que estamos demasiado callados y era para sacar un tema de conversación nomás.
–Ah, bueno, si es por charlar… –respondió Telésforo entre risas –pongámosle que se está agrandando.
Las carcajadas brotaron de los labios cansados de ambos trabajadores, y casi entre lágrimas de puro reírse nomás, Juan contestó a su amigo:
–¡Pero si me acaba de decir que la semana pasada estaba llena, como me va a decir que ahora está creciendo!
–Bueno, pero póngase de acuerdo, hombre –dijo Telésforo –¿usted quiere charlar un rato largo o prefiere que nos pongamos de acuerdo rapidito nomás?
La noche en las afueras del pueblo, en la España andaluza de aquella segunda mitad del siglo XIX, pasaba sobre las almas de los dos campesinos que fumaban y que se divertían, con chanzas y retruques. Aún no cumplían ni veinte años, y ya tenían el futuro sellado. La pobreza era la regla para la gran mayoría de quienes habitaban en la zona, que no la pasaban bien durante los meses posteriores a la cosecha; los “caciques” locales seguían sus cómodas vidas en casas de veraneo, codeándose con nobles que no terminaban de entender que las épocas imperiales habían ya pasado. Las pocas tierras comunales que habían estado disponibles hasta hacía poco, estaban ahora en manos de la clase dirigente y sus “hombres de paja”, testaferros encargados de comprar a nombre del cacique para cumplir la ley, a través de la trampa. Los campesinos no podían ni siquiera acceder a aquellas tierras que les habían subarrendado los curas hacía tan solo unos años atrás; la Corona estaba nuevamente en crisis por la pérdida de la mayoría de sus colonias americanas, y todo lo que era vendible, se vendía. La clase más baja no era una prioridad para la monarquía, y tampoco terminaba de salir de la edad media ni del dominio de los “señores” locales ni de la mismísima iglesia, que los convencía de su destino de servidores; destino que al parecer sería altamente recompensado en la próxima vida, en el reino de los cielos.
Pero todo esto que pasaba en el entorno escapaba a las mentes de Telésforo Marín y Juan Sordo. Ellos eran solo dos muchachos que habían pasado su niñez y adolescencia trabajando por un jornal diario. Y el final de la siega, tan solo unos días atrás, marcaba nuevamente el inicio de la época difícil del año; así había sido el año pasado y así sería, al parecer, el próximo.
La noche parecía avanzar como si nada, y fue el Tele el primero que notó algo extraño; desde el poniente se veían avanzar, allá a lo lejos y lentamente, a una gran cantidad de pequeñas luces que crecían a cada instante. Las luces se convirtieron con el paso de los minutos en antorchas portadas por miles de manos, que subían y bajaban entre las sierras de los alrededores del pueblo y parecían dirigirse directamente hacia los dos muchachos, a paso lento pero seguro.
–¿Pero será posible… que la hormiga mate al tigre? – se preguntó el Tele, sin siquiera notar que Juan a su lado estaba igual de atónito que él. Telésforo Marín habitualmente utilizaba la referencia a la hormiga y al tigre cuando quería referirse a un hecho que le resultaba inusual, y este estaba siendo el caso. Una mezcla de sorpresa y miedo se apoderó de los cuerpos jóvenes, mientras los primeros hombres llegaban con sus antorchas casi hasta ellos.
–¿De qué va la cosa, si es que se puede saber? –gritó Juan a uno de los primeros campesinos que ya pasaba junto a él, con una extraña sonrisa en la cara.
–Vamos al pueblo, a pedir pan y queso –fue la respuesta que salió de los labios del hombre que seguía avanzando, enfilando a las últimas sierras que rodeaban al caserío.
–Pues si de pan y queso se trata, yo me sumo –susurró el Tele a su amigo, que no tardó en responderle:
–¡Vale, yo también! Y quien te dice Tele, quizá la hormiga mate al tigre.
Los muchachos buscaron desesperadamente, entre la multitud que ya pasaba silenciosa entre ellos de a cientos, a alguien que los invitara al convite. Hasta que finalmente divisaron a un hombre, quizá más joven que ellos, que parecía estar ordenando la caminata. El hombre notó a los dos jornaleros, y sin mediar presentaciones los encaró:
–Buenas noches compañeros, soy Antonio. Estamos bajando al pueblo a pedir algo de justicia, y de ser posible, algo de comida también… ¿se suman?
Las cabezas de los amigos asintieron, y eso fue más que suficiente para el hombre, que señalando a un fortachón a su izquierda les dijo:
–Vayan y preséntense con Joaquín, él va a ser desde ahora su sargento. Le dicen que van de parte mía, que los sume a una de sus cuartas. Y si tienen un pico o algo con punta, lo llevan, que esto se viene bravo, compañeros.
Antonio, el joven con el que habían hablado, era uno de los principales responsables de la revuelta y era miembro, como el resto de los líderes, de la Sociedad Secreta que se extendía por las distintas provincias de Andalucía y que en conjunto intentaban mejorar la vida de los trabajadores; entre estas medidas, se encuadraba el levantamiento armado que se acercaba al caserío y que se esperaba tuviera eco en el resto de la región. Así es que el llamamiento a los labriegos que se iban encontrando en el camino era una necesidad, y en ese sentido es que Antonio invitó a los dos jóvenes a sumarse. Y así fue.
Dicho y hecho. Juan Sordo y Telésforo Marín, sin saberlo, estaban ahora enrolados en el ejército campesino que iba a hacer temblar a la región, y por qué no decirlo, a buena parte de España. La revolución llevaba ya unos días, y las fuerzas populares venían de tomar un pueblo cercano, hacia el poniente. Desde allí, un grupo creciente de jornaleros se trasladó en barcazas por el río y luego por tierra hasta encontrarse con fuerzas del ejército regular al que enfrentaron, con gran éxito; varios de los vencidos, sin dudarlo, se pasaron al bando ganador. Y después de esa primera y victoriosa batalla en otra cálida noche del recién comenzado verano, marchaban ahora, con la moral más alta que nunca y desde hacían ya algunas horas, para tomar la próxima plaza.
Los jóvenes, Juan con un pico y Tele con tan solo un palo que podría decirse que tenía una punta, buscaron a su sargento, Joaquín González, a quien conocían por ser un campesino que vivía como ellos, en las afueras del lugar. Cuando lo divisaron, fue Juan quien lo encaró:
–Joaquín, sargento, buenas… –murmuró el labrador que no sabía con cuanta reverencia le correspondía dirigirse a su nuevo superior –nos manda Antonio… para que estemos a sus órdenes, jefecito.
El hombre los miró con cariño, y aclaró las dudas de rango:
–Compañeros, seré su sargento en la batalla, y más vale que me obedezcan en esos momentos, pero nunca olvidemos que somos vecinos y nos conocemos desde siempre. Bienvenidos. La caba Crisanta es la responsable de su cuarta, así que la buscan y se presentan.
La sorpresa fue grande al escuchar que el nombre de su superior directo era el de una mujer:
–¿Crisanta? ¿Una mujer al mando? –preguntó Juan, sin notar que la susodicha se acercaba por detrás.
–Crisanta Rodríguez soy, sí, ¿cuál sería su duda al respecto? –medio como que le gritó la mujer, quizá algo cansada ya de tener que volver a imponerse una vez más, solo por su condición sexual.
La postura del Tele venía siendo distinta ya desde hacían unos segundos antes de que su compañero empezara a hablar, pues vio a la mujer acercarse, aún antes de saber que iban a servir bajo sus órdenes. Crisanta era una muchacha trabajadora, y su familia paterna estaba al servicio del pastoreo de los rebaños de ovejas de uno de los caciquejos de la zona, donde ella siempre había trabajado codo a codo con su padre, y sus hermanos y hermanas. Además, sumaba a su belleza natural el coraje que le ponía a cada paso que daba y a cada palabra que decía. Sus cabellos desordenados le suministraban un marco aún más interesante a su rostro, y el Tele no dejaba de sentirse atraído por la nueva compañera de lucha.
–Cómo le va mi caba –apuró a presentarse el hombre, mientras le hacía una reverencia, que no dejaba de verse graciosa a pesar de la pompa que intentaba el joven –Telésforo Marín, para lo que guste mandar.
Crisanta lo observó, y le respondió con algo que podría haberse llegado a confundir con una sonrisa, mientras lo recorría con la mirada de arriba a abajo:
–Crisa es suficiente, compañero; y el respeto que vaya a tenerme, espero ganármelo en lo cotidiano. Y si va a cumplir mis órdenes, le ordeno que vaya y se busque un pico, que con ese palo que tiene no sobrevive ni un día.
Crisanta era solo una entre decenas y decenas de labradoras y pastoras que eran parte del ejército revolucionario. La lucha del campesinado no discriminaba por sexo; la gran mayoría de los habitantes de Andalucía eran trabajadores rurales, y la pasaban mal una buena parte de los días del año. La ecuación era muy simple; los días que no trabajaban, no tenían ingresos. Y como no solo de pan vive el hombre, en sus casos les era complejo igualmente acceder a la educación, así como también mantener una salud aceptable. Las crisis de subsistencia eran recurrentes, y en estos años estaban siendo insoportables. ¿De qué otra forma, miles de labradores iban a dejar su vida tranquila y su familia para portar armas? Es difícil de entender visto desde afuera, pero la mismísima supervivencia estaba en juego; esta era la principal causa que motivaba a los campesinos a arriesgar el pellejo. Y ahí estaban, en las sierras alrededor de un nuevo campo de batalla, arriesgando la vida en búsqueda de un poco de dignidad.
La villa que los campesinos intentarían tomar era considerada estratégica para el ejército revolucionario por ser un valle entre varias sierras, lo que facilitaría su defensa luego de ser tomada, en caso de que hubiera futuros ataques del gobierno. También la hacía apetecible su ubicación geográfica entre tres provincias de Andalucía, ya que el pueblo era un punto de paso obligado para acceder a las capitales de las jurisdicciones vecinas, si es que se venía desde la propia ciudad cabecera de su región. Esta ubicación daba a su posesión una ventaja, atendiendo a que los rivales no podrían a ciencia cierta saber hacia qué lado iban luego a dirigirse las tropas campesinas, si es que proseguían en su avance. Esta definición de punto estratégico no tenía nada de nuevo; ya los Reyes Católicos, hacía casi cuatro siglos, en su campaña por arrebatar el Sultanato de Granada a los musulmanes, habían sufrido una de sus más grandes derrotas en esa misma villa a manos de las fuerzas moriscas que defendían la plaza. El lugar finalmente cayó en manos de Castilla y Aragón algunos años después, pero solo gracias al uso de la artillería pesada. Y ahora, antes de que el naciente día se acabara, por primera vez en casi cuatro siglos contando desde la desaparición del Reino Nazarí que gobernó esas tierras antes de la llegada de los cristianos, y aunque sus ciudadanos aún no lo sabían, los habitantes del lugar nuevamente iban a dejar de ser parte de los dominios de la realeza.
Tele y Juan conformaban ya una de las tantas cuartas de veinticinco revolucionarios que tomaban las colinas alrededor del poblado. Al mando de la caba Crisanta Rodríguez y del sargento Joaquín González, quien tenía bajo su mando a otras tres cuartas que conformaban su compañía, y junto a campesinos y campesinas tan asustados como ellos, esperaban a que el sol saliera para ver de qué iba la cosa. La mayoría de los “combatientes”, de todos modos, no tenían más armas que sus instrumentos de trabajo, picos en general, algunos solo palos; pero todos, eso sí, con una creciente pasión que no hacía más que enfervorizarlos con vistas a una posible batalla contra las fuerzas realistas que controlaban el lugar.
El sol no terminaba aún de asomar por encima de las sierras, cuando apareció, cansado pero esbelto, el hombre que parecía ser el líder absoluto de la revuelta, y bien que lo era; don Rafael, veterinario de toda la zona, caminaba entre su tropa, orgulloso y preocupado por lo que podrían deparar las próximas horas. Rafael avanzaba por las sierras con su ropa blanca, toda de lienzo, y un chaleco negro sobre la camisa. Bajo un sombrero de paja, asomaba la barba del líder.
Se hizo un silencio profundo cuando el hombre levantó la mano como para hablar, cosa que efectivamente hizo a continuación:
–Compañeros, compañeras, ya he expresado esto hace unos días, pero observando la cantidad de nuevos combatientes que se suman a esta justa causa, me tomo el atrevimiento de repetirlo…
El comandante de la revuelta hizo un largo silencio, como buscando en su mente las palabras justas para dirigirse a su humilde audiencia, y declaró:
–Empuñamos armas para defender la sagrada libertad; defenderemos los derechos de todos y cada uno, pero sin atacar las propiedades de los demás, ni las opiniones en contra de las nuestras.
Surgió de entre los revolucionarios un murmullo de aceptación, que le dio aún más coraje al orador, quien desenvainó su sable, lo apuntó al cielo, y levantando aún más la voz, declaró:
–¡Todo aquel que quiera a España, que empuñe un arma y se una a sus compañeros!
Los gritos y vivas se escucharon por toda la sierra. Hombres y mujeres de distintas provincias andaluzas confluían en un solo y esperanzador estruendo. La hora de los campesinos parecía estar llegando.
Minutos antes de dirigirse a sus hombres, don Rafael había enviado a un grupo de emisarios a que bajaran al valle a pedir la rendición de la ciudad. Los gritos y vivas de los jornaleros, como sonido de fondo, no hicieron más que incrementar el poder de negociación que los enviados tenían, que fueron recibidos por las Fuerzas Reales más con pánico que con coraje. La suerte del pueblo estaba echada, pero aun así los soldados de la corona intentaron no abandonar el lugar hasta no recibir algún tipo de orden desde el cuartel central, situado en la ciudad cabecera de la provincia. Pero las comunicaciones no eran tan rápidas; cuando el sol se posicionó sobre la cabeza de don Rafael, y ante la falta de respuesta de los ocupantes del sitio, ordenó tomar la ciudad.
Las fuerzas campesinas comenzaron a bajar de las laderas de las sierras, ordenadamente, cada uno ocupando su posición detrás de sus jefes y jefas y al paso marcado por algunas trompetas y tambores, que eran parte de la organización militar que la Sociedad Secreta pretendía para su ejército popular.
La vista de los campesinos bajando hacia el valle no dejaba de ser imponente, y de hecho se impuso; la simple observación de las fuerzas revolucionarias avanzando hacia el pueblo fue suficiente para que el ejército regular dejara de esperar órdenes centralizadas, y se retirara del lugar dejando la villa en manos de los labriegos.
–¡Se van! –gritó Crisanta claramente feliz de ver que la batalla concluía aún antes de comenzar –¡los soldados se van!
–Te dije Tele, que la hormiga mataba al tigre –fueron las palabras con las que Juan Sordo dio por cumplida la premonición de la noche anterior –esa frase que siempre usaste y que vaya a saber de dónde sacaste, Tele, se te hizo realidad.
Telésforo Marín lloraba, aunque al parecer los hombres no debían llorar. Pero en esta marcha hacia su pueblo, al que siempre llegaba con la cabeza baja, estaba hoy entrando por primera vez con el pecho erguido y la vista en alto. Y sin ningún cargo de conciencia, al igual que la gran mayoría de hombres y mujeres que lo rodeaban, entró llorando.
La ciudad estaba ahora, y vaya uno a saber por cuanto tiempo, fuera de los dominios de la monarquía. Don Rafael, que había sido elegido democráticamente por sus seguidores como jefe de la revuelta hacía ya varios días atrás, estaba ahora solicitando provisiones para sus soldados. Las primeras bolsas con pan moreno, garbanzos y algunas papas fueron repartidas a cada una de las cuartas, para que los campesinos se alimentaran.
Crisanta Rodríguez agarró las raciones de sus subalternos, y empezó a pelar papas para hacerle un almuerzo a la tropa. Telésforo Marín se le fue arrimando de a poquito, y se puso a pelar a la par de su superiora.
–Quien lo hubiera dicho, un varón haciendo la comida –dejó escapar Crisanta mientras esbozaba una sonrisa.
–Así es la vida del ejército, Jefa –respondió el jornalero, que ya no encontraba forma de acercarse a su superiora sin pasar desapercibido para el resto de la tropa.
–Me parece muy bien que colabore –cerró Crisanta –siempre es bueno aprender a hacer de todo un poco.
Juan Sordo andaba por los alrededores con ganas de ayudar, pero con miedo de interrumpir una charla a la que parecía no estar invitado. Cuando Crisanta lo vio, lo sumó inmediatamente al trabajo:
–A ver compañero, ensúciese las manos usted también, que hay papas para todos…
Juan se puso a pelar papas, aunque el desacuerdo del Tele con su presencia se le notaba en la mirada. Pero así estaban dadas las cosas; lo que se fuera a dar se daría, si es que tenía que ser así.
Mientras la tropa preparaba la comida, en el Ayuntamiento el nuevo jefe del pueblo firmaba recibos por los insumos incautados; no dejó que quedara sin comprometerse el pago ni de una sola papa, a cuenta de las rentas de las salinas, que eran parte de los ingresos del municipio, para no cargar con los gastos a los contribuyentes. Porque así pretendía don Rafael que fueran las cosas. Y aunque algunos de los jornaleros intentaron tomar tierras de los caciques locales, así como también acusar a los ventajeros de siempre a los que todos conocían de sobra, la línea marcada por la dirigencia revolucionaria era clara, y el que la pasaba, debía volver con la cabeza baja; no se autorizaba ningún tipo de ataque a los ciudadanos del lugar, ni a sus propiedades, ni a sus creencias.
Los diarios de la zona, con sus verdades a medias, no demostraban la misma altura moral. Desde el mismo día en que se tomó el pueblo, los titulares demonizaron a los jornaleros y a sus líderes, acusándolos de todos los males posibles y amenazando con corte marcial y fusilamiento a quien no respetara la legalidad preestablecida. Pero los integrantes de la revuelta no se sintieron ni lejanamente tocados por los escritos; por una vez, el analfabetismo jugaba a favor de los insurgentes. Los jefes sí, leían lo que se decía de ellos, pero aun así siguieron adelante, en búsqueda de la igualdad ante la ley para todas las personas.
–Y esto cómo termina… –preguntó Juan Sordo a Antonio, el jefe de sus jefes, que con cierta preocupación leía el ensañamiento que los poderosos imprimían en letra de prensa.
–No hay forma de saberlo, compañero –respondió el más joven de los comandantes –pero no nos estaban dejando muchas opciones, ¿o sí?
–La verdad es que no –respondió Juan, mientras recordaba una frase que había escuchado repetidamente a lo largo de su vida –en este pueblo, últimamente más que vivir, se muere…
Antonio dejó el periódico de lado y tendió un cigarro armado a su interlocutor. La charla le pareció más interesante que las mentiras que se publicaban en el diario del día:
–Y, algo de verdad hay en esas palabras… con el jornal no alcanza para mucho más que el pan.
–Y el pan encima de moreno… crudo –remató Juan Sordo.
Y bien cierta que era esa afirmación; porque el pan, que se vendía por peso, si estaba mal cocido quedaba con más humedad de la habitual entre la harina, por lo que era menos cantidad la que se entregaba al comprador por cada kilogramo.
–La idea no es apropiarse de las cosas de nadie –remató el comandante a su subalterno –sino pedir al menos que se dejen de apropiar de las nuestras; solo un poco de justicia, ¿no le parece compañero?
–Parecerme me parece –dijo Juan –solo es que lo veo difícil.
El análisis del campesino, aunque simple en su planteo, era bastante cierto; y sus miedos ya estaban convirtiéndose en hechos concretos. Ni las autoridades del país ni las de las provincias de la región podían permitir que esto de revelarse contra la monarquía se hiciera costumbre entre los jornaleros. Por lo que las tropas de la realeza ya estaban marchando, por tierra desde el resto de Andalucía y por mar hasta puertos del Mediterráneo, desde donde avanzarían seguramente a paso redoblado hacia la plaza ocupada por los rebeldes; pero aún no llegaban, así es que solo quedaba esperar a que los acontecimientos se sucedieran.
La noche, oscura y estrellada, con la luna ya casi terminando de menguar, mostraba un espectáculo maravilloso a esos miles de ojos campesinos que, con orgullo, habían levantado la mirada del suelo. Tele y Crisanta, tirados sobre el terreno, observaban por primera vez el cielo de su propia ciudad, sin más preocupaciones que la necesidad de algún abrigo para contrarrestar el fresco de la noche.
–¿Estas serán las mismas estrellas que se ven en el cielo de la capital? –preguntó Telésforo Marín a Crisanta Rodríguez, suponiendo que su superiora, por el solo hecho de tener un rango mayor al suyo, tendría una respuesta certera a cualquier cosa que él le preguntara.
–No tengo ni la más mínima idea –respondió la caba –pero supongo que no, si esa ciudad está a medio día de marcha desde este lugar…
–Yo desde mi casa en las afueras veo a estas mismas, –agregó el Tele para aportar su experiencia en el tema –aunque con menos luces del pueblo creo que se ven más claras.
–Y, es de esperar que sean las mismas si es que está usted en la misma villa –razonó con la lógica de su cotidianeidad Crisanta –pero si deja el valle, deja el cielo, es de creer que así sea…
–No estaría del todo malo ver otros cielos –aventuró el campesino, que ya no sabía cómo continuar la charla para evitar perder el diálogo con la mujer.
–Tele, usted es de acá –remató la mujer –¿a dónde va a ir que más lo quieran?
Telésforo Marín pensaba en una respuesta que sonara inteligente pero que dejara en claro que, aunque no le importaba donde fuera que eso ocurriera, sí esperaba que allí estuvieran juntos y que fuera ella quien más lo quisiera; pero en ese momento, una estrella fugaz cruzó el cielo de sur a norte, y generó exclamaciones desde varios sectores de la tropa.
–Hay que pedir tres deseos –expresó Crisanta, casi en forma automática.
–Mis tres deseos son igual –respondió el Tele, mirando a la mujer con sus ojos enamorados.
–Ay Tele, no me venga con cosas terrenales, que en estos días estamos para la grandeza –respondió la caba, destruyendo las ilusiones de su compañero de observación astronómica.
–Será… –escupió con tristeza Telésforo, mientras se paraba y se perdía en la noche rumbo a la zona destinada al descanso –mañana será otro día. Que le vaya bonito, jefa.
La noche continuó su curso habitual hacia un nuevo amanecer, pero para el Tele fue eterna; no había sueño que lo ayudara a olvidar a Crisanta, ni estrellas que lo convencieran de que la necesidad de sobrevivir en estos días a posibles combates contra el ejército regular, era más importantes que la de una vida entera junto a su nuevo amor.
La jornada siguiente transcurrió sin grandes cambios, al menos a la vista de los jornaleros. El pueblo seguía en manos de los sublevados, situación que generaba pánico en los “caciques” locales, señorones que temblaban ante la posibilidad de que se realizara un reparto de tierras; don Rafael, líder absoluto de la revuelta, negaba la posibilidad de que algo así ocurriera, pero nada era seguro en esos tiempos, ni para los ocupantes ni para los ocupados. Uno de los curas intentó sin éxito congraciarse con los jornaleros, pero ya era tarde para él; toda una vida de jugar para el bando de los poderosos había logrado desacreditar a quien ahora pretendía subirse al nuevo carro triunfador. Los terrenos episcopales también habían sido recortados por el Estado, por lo que no era del todo equivocado suponer que el clero debería haber estado del lado de los pobres, pero lo cierto es que los curas seguían siendo en su mayoría parientes de los nobles, como en un viejo cuento medieval en el que los hermanos menores de cada familia, excluidos de la herencia que quedaba para el mayor de los varones, se volcaban a la iglesia como una salida honrosa y que en general les permitía sobrevivir sin grandes esfuerzos.
Pero no solo problemas locales aquejaban al comando revolucionario; no se estaban realizando en otros lugares del sur del país levantamientos similares al que ellos estaban viviendo, como supuestamente debía ocurrir según lo programado en las reuniones de la Sociedad Secreta de hacía tan solo un par de semanas atrás. Los rebeldes parecían estar quedando solos, y eso seguramente aparejaría males mayores; de seguir así, el ejército podría centrar sus ataques en las fuerzas de don Rafael, en vez de verse obligado a dividir sus escuadras entre distintos focos insurrectos.
El sol asomaba sobre las tierras andaluzas en el tercer día ya desde que el pueblo había quedado en manos de los jornaleros, cuando una avanzada de las Fuerzas Reales se divisó en la altura de las sierras. Pero no fue una imagen sorpresiva; las tropas campesinas ya los estaban esperando, gracias a la red de vigías que se mantenían alertas en los alrededores del lugar. Cada batallón rebelde tenía sus órdenes, y en solo dos días se habían incrementado de manera exponencial las armas disponibles, gracias a las requisas llevadas adelante en las distintas propiedades de los señorones del lugar.
La brigada al mando de Crisanta Rodríguez esperaba casi en primera línea, con sus veinticinco hombres dispuestos a todo para conservar el pueblo. La batalla podría ser desfavorable a los rebeldes, pero de ningún modo iba a ser fácil para el ejército realista pasarlos; porque a diferencia de los soldados mal pagados de la tropa regular que ni siquiera estaban convencidos de enfrentarse con campesinos, ya que estos bien podrían ser miembros de sus propias familias, los jornaleros contaban con convicciones claras, que aunque no eran un escudo que detuviera balas, sí los proveía de un blindaje espiritual que daba por ganadas hasta a las batallas que aún no se luchaban. Las ideas de los campesinos no eran nuevas, aunque hasta hacía unos pocos días ni ellos sabían que las tenían. Pero ahora, en los suburbios del pueblo y ante la novedosa realidad de libertad que les tocaba vivir, solo quedaba para ellos una chance: ganar. Solo ganar, aunque las batallas se pierdan. Porque las convicciones despertadas, no podían ser ya vueltas a colocar en un rincón olvidado; y eso ya es ganancia.
–Atento batallón… –expresó casi susurrando el sargento Joaquín González, para no ser escuchado por los atacantes –no disparen aún, esperen mi orden.
Los cien pares de ojos del batallón tenían la vista fija en las tropas que cautelosamente avanzaban directamente hacia ellos, presintiendo lo que iba a sucederles. Solo algunos de los campesinos tenían armas largas. Entre el resto, unos pocos estaban pertrechados con pistolas, pero la mayoría solamente tenía algún tipo de sable. Y por si esto fuera poco, los fusiles no eran de los más modernos, por lo que se debía esperar casi hasta tener encima a los atacantes si es que se pretendía algún tipo de precisión en los disparos. Las tropas realistas seguían avanzando hacia los campesinos, hasta que Joaquín consideró que estaban a tiro, y dio la orden:
–¡Fuego! –gritó el sargento, y los proyectiles salieron de la boca de los pocos fusiles, en búsqueda del alma de los atacantes.
La primera descarga tuvo más efecto disuasivo que otra cosa, pero eso también era parte de lo que se buscaba. Los soldados monárquicos se tiraron al piso casi al unísono, por lo que fue difícil discernir cuántos lo hacían en forma preventiva y cuántos por haber sido alcanzados por las balas. Después de esa sorpresiva primera tanda de tiro, y con las tropas ubicadas a no más de cien metros entre atacantes y defensores, la escaramuza dio comienzo. Los rifles de los atacantes eran más modernos, o al menos no tan antiguos, y eso se notaba en el tiempo de recarga. Cientos de proyectiles pasaban silbando por sobre las cabezas de los jornaleros antes de que estos pudieran volver a disparar. De todos modos, ningún atacante arriesgó el pellejo más de lo necesario, por lo que las posiciones se estancaron.
–¡Compañeros! –gritó Crisanta a su tropa –vayamos por la derecha, a ver si logramos rodear a estos “guiris” y mandarlos de vuelta a sus casas… o a sus tumbas si fuera necesario.
El apodo de “guiri” con el que la Crisa nombraba a los soldados de la realeza tenía su origen en las guerras de la primera mitad del siglo por la sucesión de Fernando VII; guiri era una palabra con la que los vascos llamaban despectivamente a sus opositores. Y el sobrenombre quedó, no solo como mote de los soldados, sino también de la guardia civil; todos los uniformados eran considerados guiris por el campesinado, sin importar si eran tropas comandadas por liberales o por conservadores. En definitiva, y como siempre ocurría en todas las guerras, los guiris arriesgaban sus vidas plebeyas para proteger los privilegios de la realeza.
Pero Juan Sordo y Telésforo Marín, que habían sido hasta tan solo unos pocos días atrás simples jornaleros, no estaban pensando en la utilidad de la guerra; las balas pasaban sobre sus cabezas, cada vez más cerca de dar en el blanco. Sin despegar su cuerpo del pedregoso suelo de los montes andaluces, se fueron corriendo con sus compañeros de división hacia el flanco de los atacantes, buscando quizá una mejor ubicación en caso de que se les ordenara una carga sobre el ejército oficial. Pero la orden de cargar no llegaba, y mientras las horas pasaban, los heridos se multiplicaban y hasta había algunos cuerpos ya tendidos, sin vida, en el campo de batalla.
Finalmente, y con el sol sobre sus cabezas, los guiris empezaron a mostrar signos de desánimo al no poder vencer a quienes ellos consideraban unos simples campesinos, a pesar de tener en sus manos mejor armamento y mucho más entrenamiento. El tiempo jugaba a favor de los sublevados, y la capacidad de resistencia se multiplicaba con cada intento frustrado del ejército regular. Fue después de varias horas de cautela, cuando el sargento Joaquín González creyó ver la posibilidad de vencer al enemigo, y dio la esperada orden:
-¡A la carga! –gritó Joaquín con todas sus fuerzas.
Los jornaleros, al escuchar la orden de su superior, se pusieron de pie y avanzaron hacia las tropas de la realeza que, azoradas, observaban a ese conjunto de hombres y mujeres mal vestidos y peor armados, encarar hacia su posición.
–¡A degüello! Exclamó el soldado Juan Sordo, con más miedo que ganas de matar.
Los soldados no esperaron la orden de retirada; no había nada ya que sostener y sí mucho que perder para las fuerzas regulares. Con más prisa que orden, abandonaron la posición en búsqueda de protección en los terrenos más alejados del pueblo.
–Pero será posible… –gritó el Tele con alegría –¡los guiris se retiran!
Así era. Las tropas del gobierno retrocedieron alrededor de diez kilómetros, alejándose de la zona poblada, en busca de refugio. La reconquista del pueblo para la Corona española, como ya había ocurrido en otras guerras del pasado, tendría que esperar.
De todos modos, el comandante máximo de la revuelta empezaba a comprender que su buena fortuna estaba también en retirada. No habían surgido otros levantamientos en zonas vecinas, y se acercaban los refuerzos de tropas enviadas por el gobierno central al ejército. Los campesinos estaban mostrando, pasado el furor inicial del triunfo, los primeros recelos al ver a tantos de sus compañeros heridos, y en algunos casos, sin vida.
–Los heridos, los llevamos a la ermita de los apestados– vociferó con amargura don Rafael –los muertos… al camposanto.
La ermita era tristemente conocida por todos. Situada en las afueras de la villa, en la parte alta del poblado, al costado del que llamaban “Camino de las epidemias”, era el lugar al que se derivaban los enfermos cada vez que el cólera azotaba la zona; la última epidemia había terminado hacía menos de una década, y nada vaticinaba que no habría rebrotes. Las condiciones de insalubridad cotidianas eran la puerta de entrada a las enfermedades contagiosas; y la ermita era en muchísimos casos la puerta de entrada al camposanto, porque no cumplía otra tarea aparte de la de aglutinar apestados, sin más remedios disponibles que las oraciones de los vecinos.
–No sé si estoy hecho para esto –expresó amargamente Juan Sordo, mientras llevaba junto al Tele el cuerpo inerte de un compañero de batalla.
–Nadie está hecho para morir así, Juanito –contestó Telésforo Marín –la vida se está mezclando en estos días demasiado con la muerte; y morir, aunque sea con dignidad, sigue siendo una muerte.
Y bien que era cierto.
Tele y Juan ya no saborearon la comida tan gustosamente como la del día anterior. Habían triunfado en la batalla, pero no eran soldados, sino simples jornaleros asustados. Don Rafael recibió algunas súplicas de su gente, y observó además con sus propios ojos la angustia reflejada en las caras de los trabajadores. El ejército realista estaba ya recibiendo refuerzos en las afueras de la ciudad, que llegaban no solo desde las provincias colindantes, sino también desde la capital nacional. El mantenimiento de la plaza solo podía realizarse a costa de más vidas, y sin esperanzas verdaderas de poder ser sostenida por mucho más que un par de días. La amargura por la falta de más rebeliones en otros pueblos del sur de España, tal como en la Sociedad Secreta habían quedado que se iban a organizar, no hacía más que fortalecer los malos augurios de don Rafael; al parecer, para más de uno era fácil ser revolucionario y organizar escaramuzas, pero solo desde la comodidad de un escritorio. A la hora de empuñar las armas, solo él había cumplido su palabra, y ahora pagaba las consecuencias del abandono de sus correligionarios. En esos pensamientos estaba el líder de la revuelta, cuando llegaron a traerle novedades el comandante Antonio y el sargento Joaquín González, que venían de escabullirse por entre las sierras para ver las maniobras del enemigo.
–Y cómo viene la cosa –preguntó don Rafael a sus subalternos, aunque ya suponía la respuesta.
–Varios batallones del ejército han cortado las rutas principales de acceso –respondió Antonio con evidente preocupación –han recibido también artillería pesada, así que la cosa viene realmente brava.
–Bueno, esto ha sido todo por ahora, debemos dejar la plaza –expresó el líder revolucionario, mientras se tumbaba en una silla –¿cómo salimos? Se aceptan ideas.
Ahora fue Joaquín quien respondió, conocedor y habitante de los alrededores del poblado:
–Podemos intentar escabullirnos por la cañada del poniente, don Rafael.
–No es mala idea, Joaquín; arriesgada, pero en fin –completó el comandante –al parecer es lo único que tenemos por delante, riesgos y más riesgos.
–Deberíamos dejar un batallón para distraerlos –se apresuró a sugerir Antonio.
–Nosotros nos quedamos, compañero –se atrevió a decir Joaquín González –los distraemos hasta que salga el grueso de nuestras tropas, y después los seguimos, si es que quedamos en pie.
Don Rafael se paró, y rompió lo poco que quedaba de protocolar en esa relación que venía armando con sus subalternos en estos últimos días. Abrazó a Joaquín con fuerza, y antes de salir, le sentenció:
–Ustedes quedan en pie sí o sí; es una orden –dijo el jefe al sargento, ocultando unas lágrimas que eran de puro orgullo por el compromiso mostrado por el campesinado. Los hombres sonrieron amargamente, y partieron cada uno a encontrarse con la tropa a su cargo.
La noche estaba cerradísima. La luna se ocultaba casi en su totalidad en su fase nueva, y la oscuridad ayudaba a los sublevados. Crisanta Rodríguez y Joaquín González se acercaron a la tropa, y los hicieron partícipes de la misión que tenían para esta noche:
–Vamos a acercarnos a no menos de trescientos metros de estos guiris, y les vamos a dar el susto de sus vidas –comentó Joaquín –la idea es distraerlos para que el resto de nuestros compañeros puedan escabullirse.
–Así será –respondió el Tele –si al final, siempre me toca bailar con la más fea.
–Tenga esperanzas amigo –le dijo Juan Sordo con una sonrisa nerviosa que era más que nada una mueca de pánico –capaz que le toca bailar con la que le gusta, a la brevedad posible.
–Todo es posible, compañeros –contestó Crisanta, que notó por donde venía la chanza del jornalero –pero el baile que tenemos esta noche, nos está esperando… ¡vamos a hacer bailar a los guiris!
–Vamos jefecita –dijo el Tele –usted mande, yo obedezco.
–Todo es posible –murmuró la Crisa – todo es posible…
La medianoche seguía siendo hermosa como en las jornadas anteriores, pero ya ningún campesino la observaba. Quizá estrellas fugaces surcaron el firmamento, pero nadie miraba para arriba. Cientos de deseos se perdían, de tres en tres, cada vez que un combatiente prestaba atención al frente de batalla y no al cielo; lo urgente, una vez más, dejaba en lista de espera a lo importante.
Joaquín González junto a los cien hombres y mujeres que conformaban su batallón, esperaron en lo alto de las sierras la señal de su comandante. Finalmente, a la hora señalada, la orden llegó; era el momento de distraer al ejército realista para facilitar la salida del resto de las tropas revolucionarias.
–¡Al ataque! –gritó el sargento Joaquín González, y los combatientes que estaban estratégicamente colocados unos de otros a una distancia mayor de la habitual, empezaron a disparar, para simular un avance en carga contra el enemigo.
El falso ataque agarró de sorpresa a las tropas de la corona, que acudieron en gran cantidad a la zona de la que venían los disparos para intentar frenar a los revolucionarios, suponiendo que los campesinos iban a avanzar por ese lugar sobre la posición del ejército regular, liberando en ese movimiento las cañadas del oeste del pueblo; por allí pasaron los rebeldes, casi sin ser notados, para luego tomar rumbo sur con el plan de reagruparse cuando el sol saliera.
–Creo que ya fue suficiente barullo –expresó Crisanta después de más de media hora de amenazar al ejército con una carga que nunca llegaba –salgamos de acá antes de que estos guiris del demonio se den cuenta de la farsa.
Efectivamente, no restaba mucho tiempo para que los últimos revolucionarios pudieran abandonar la zona sin ser descubiertos. El desconcierto inicial por la balacera recibida, se convirtió en certeza por parte del brigadier realista a cargo de las tropas sitiadoras; estaban siendo engañados para facilitar la salida del lugar del grueso de los rebeldes.
El batallón de Joaquín González logró de todos modos su objetivo, y escabullidos del poblado, empezaron a caminar en busca del punto prefijado para el reencuentro; cinco leguas al sur, más o menos, los separaban del grueso de las fuerzas revolucionarias, que ya se reorganizaban para pasar nuevamente a la ofensiva.
Cuando al amanecer los vigías que don Rafael había apostado en el entorno vieron a los hombres y mujeres acercarse al campamento, no tardaron en dar la buena nueva, que resultó en algarabía generalizada de todo el campesinado; estaban a salvo y todos juntos una vez más… al menos por ahora.
Con la tropa reorganizada, el comandante rebelde se dirigió nuevamente a sus seguidores; el sol estaba en su punto más alto, y la escasa sombra que se reflejaba a los pies del líder de la revuelta, le daba al jefe de los campesinos un aire de inmortalidad, o al menos así lo sintieron sus seguidores cuando les dirigió la palabra:
–Compañeros, es grande el esfuerzo que se les ha pedido, y poca la recompensa –dijo el veterinario devenido a militar rebelde –pero estamos en posición de tomar la ciudad capital de esta provincia. Las tropas principales han sido desviadas para sacarnos del pueblo del que de todos modos ya salimos, y pocos soldados han de quedar en esa ciudad.
El cansancio y los últimos acontecimientos, habían empezado a resquebrajar la moral de los campesinos, pero… ¿cómo negarse a la gloria que ofrecía don Rafael? ¿Qué más les quedaba? ¿Quién los había tratado de igual a igual, aparte de los compañeros de lucha? Nadie. Nunca nadie. Así es que de ese modo estaban las cosas. Se marcharía a la capital, a seguir buscando la esquiva gloria.
–Aprovechemos la siesta para reponer fuerzas, y luego marchamos –solicitó Antonio Martín.
–Aprobado su pedido, compañero –respondió el líder.
Y así fue como las tropas rebeldes, aún sin saberlo, pasaron las que muy probablemente serían las últimas horas de sus vidas en las que se les consultaba algo; las últimas horas de humanidad para ese montón de jornaleros, que habían vivido toda una vida en menos de una semana.
Pasada la siesta, las tropas se encaminaron a la capital provincial. Pero a poco de andar, las fuerzas del gobierno les salieron al encuentro; habiendo quedado como verdaderos idiotas por la triquiñuela de la noche anterior que permitió escapar a los revolucionarios, venían en busca de venganza. Al parecer, ser engañados por los trabajadores no es algo que les cayera en gracia a los soldados de Su Majestad.
Crisanta ordenó a su tropa como pudo, al igual que el resto de los cabos y sargentos, pero todo fue en vano. Frente a un ejército profesional y sediento de venganza, aunque fuera a costa de la vida de unos cuantos campesinos, los rebeldes no tenían ni la más mínima chance. Así y todo, intentaron una defensa.
Cuerpo a tierra, casi sin balas de recarga, y con una verdadera lluvia de artillería sobre sus cuerpos, algunos eran heridos y otros se desbandaban. El Tele no se despegó de Crisanta, y Juan Sordo se colocó al otro costado de su amigo. En eso estaban cuando una bala rozó la cabeza de Telésforo Marín, arrancándole parte del cuero cabelludo y cegándolo temporalmente, aunque sin daños que parecieran permanentes:
–Crisanta –alcanzó a balbucear el hombre, que aún no dejaba de ser un niño a pesar de lo vivido – Crisanta…
–Aquí estoy, mi Tele –escuchó el jornalero desde los labios amados, instantes antes de desmayarse.
La noche le llegó al campesino en esa calurosa tarde estival, horas antes de que oscureciera, y cubrió la mente del hombre, que yacía desmayado. La noche llegó, y no solo al Tele; a las fuerzas revolucionarias también, la oscuridad las cubrió con su fría soledad.
Domicilio legal: Arístides Villanueva 444, Mendoza, Argentina. Director Editorial responsable: Pablo Icardi | Propietario: Territorio Digital S.A. | Registro DNDA N° 11804985 | N° de Edición: 5691 | Miércoles 8 de Marzo 2023 . Copyright 2023 MDZ Online. Todos los derechos reservados.
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